John Deer, el australiano que perdió su barco y sobrevivió a nado 10 horas en una zona de tiburones.

El 8 de junio de 2022 John Deer nadó 17 km viviendo la experiencia que casi acaba con su vida y que detuvo su vuelta al mundo en Velero.
John Deer junto a los restos de su barco Julieta
EDUARDO PASTOR
Eduardo · MrBivak 
|
12 junio, 2022
7h de trabajo10500Km 🚴🏼‍♂️25meses viajando

Ya suma un mes desde que decidí detenerme en la región Guna Yala, en el Caribe panameño. Me encuentro documentando la situación tan dura que viven los inmigrantes a diario para cruzar los cinco mil kilómetros cuadrados de jungla densa que abarca la región virgen del tapón del Darién.

Concretamente me encuentro instalado en Puerto Obaldía, un pueblo costero sin acceso terrestre donde toda persona con papeles en regla sella su pasaporte para entrar o salir de Panamá, y quien todo indocumentado evita por mar o por senderos selváticos pisar este pueblo.

Estos días, Puerto Obaldía y el pueblo Guna de Armila grabaría en su memoria otro aterrador y conmovedor suceso. El protagonista es John Deer, un australiano de cuarenta y un años que en dos mil diecinueve vendió todos sus bienes, dejó su trabajo y se marchó con el objetivo de dar la vuelta al mundo en velero.

Vendiendo y dejando su otra vida en Melbourne, consiguió reunir cien mil dólares. Con estos viajó a Grecia donde por setenta mil dólares encontró El Julieta, un velero de 12 metros que bautizó con el nombre de la mujer uruguaya que había conocido, con la que iba a viajar para cruzar el Atlántico y que luego finalmente haría solo.

John Deer en Armila dos días después de haber sobrevivido al naufragio

Sin experiencia en navegación se curtió viajando por Europa durante un año y medio y cuando se vio preparado se dispuso a cruzar el atlántico. Para ello siguió los conocimientos históricos de la ruta de Magallanes, tomó rumbo a las Islas Canarias, siguió hacia las islas de Cabo Verde y continuó hasta avistar la costa sudamericana.

Jamás pensé hacerlo solo, esperaba encontrar alguna compañera con quién hacerlo. Al no encontrarla no lo pensé mucho.

Diecinueve días más tarde había concluido la travesía con éxito.

— No tienes ninguna señal, estás completamente incomunicado y es un momento muy especial para estar únicamente contigo mismo y el presente que estás viviendo. Es una pena que dentro de dos años, con los próximos avances, un viaje como este será mirando las redes sociales.

@sailingkoru Instagram

John tenía todo en regla para dejar la costa Colombiana y adentrarse en aguas Panameñas. Lo que no sabía era que aquel último día en Colombia sería el último que levaría anclas y desplegaría velas.

Antes de despedirse de un país más asequible, decidió llenar la nevera con setenta y dos latas de cerveza y todo tipo de alimento del cual aún tiene en su memoria, el queso mozzarella.

Ahora sí, dejó Colombia por el gusto de navegar San Blas y sus más de trescientas sesenta y cinco islas a lo largo de todo el territorio indígena Guna Yala. Antes de tal experiencia hacia el norte de Panamá por el Atlántico, le tocaba sellar su pasaporte en el primer pueblo panameño costero, Puerto Obaldía.

Y como viajero ansioso se encaminó en una travesía de treinta horas. De esas treinta, consiguió descansar dos horas con la ayuda del piloto automático y el radar que avistaba y lo alertaba mediante una alarma de todo objeto cercano en su radio.

A las cinco de la tarde, a una hora antes de la puesta de sol, comenzó la pesadilla de John. Ya hacía un tiempo que había avistado tierra en la proa, revisó en su teléfono la hora y la distancia que quedaba para llegar.

Mientras tanto, pescó un pequeño atún que sería parte de su cena. Seguidamente se dispuso a soltar el sedal por segunda vez. En ese momento pisó mal en la embarcación y su cuerpo en menos de un segundo se precipitó al mar.

Una vez en el mar necesitó unos pocos segundos para asimilar lo sucedido después de sentir un pequeño dolor en una de sus nalgas a causa de la caída. Tras ver que el barco con el piloto automático con las velas echadas y el motor en marcha, cada segundo que pasaba era consciente de que se iba alejando, y fue ahí cuando entró en puro pánico.

— ¡No, no, no!

De repente se quedó indefenso a más de DIECISIETE KILÓMETROS de tierra firme.

— Golpeé el agua con furia y cuando vi que mi bote se alejaba, pensé, voy a morir. En el momento que caí no tenía miedo, fue después cuando el barco desapareció.

Quedó paralizado, empezó a analizar cómo había podido caer ahí. Su mente fue capaz de crear mil y una cantidad de variables que le hubieran evitado la caída. No eran más que preguntas basadas en ¿Por qué? y ¿Por qué?

Cuando finalmente consiguió salir de todos esos pensamientos y centrarse en lo que estaba sucediendo, empezó a buscar soluciones. Era consciente que le quedaba menos de una hora de luz y que había caído sobre las cinco de la tarde. 

— Memoricé la silueta de la montaña y cuando se puso el sol me enfoqué en seguir su forma.

Mientras nadaba no hacía más que recordar y analizar el instante en qué perdió su embarcación.

— Cuando navego en un mar con oleaje, siempre llevo mi chaleco salvavidas adherido a la linea de vida de acero que me permite desplazarme alrededor de todo el barco. Estando allí en ese mar tan tranquilo, jamás pensé que me caería, por lo que no lo llevaba.

En ningún momento pensó en nadar para tratar de alcanzar la embarcación, habría sido inútil. El bote navegaba a ocho nudos de velocidad y la persona más rápida nadando actualmente en el mundo tiene el récord de casi cinco nudos, cerca de ocho kilómetros por hora.

— Habiendo hablado de esto muchas veces con otros marineros, como lo peor que me podía pasar, de repente me encontré en el agua en esa situación. Mi bote y mi hogar navegando lejos de mí a un ritmo demasiado rápido. 

Nadó durante un tiempo hasta que se preguntó si estaba o no avanzando. Sentía no progresar, por ello su propio instinto le llevó a desarrollar algún sistema para controlar su progreso. 

Este sistema consistía en extender su brazo y situar su mano enfrente de la montaña. En ese momento la montaña abarcaba toda la superficie de su mano. Después de un buen rato de nadar, volvió a extender la mano y vio parte de la montaña por fuera de la mano. Al rato volvió a hacer lo mismo teniendo un tercio de la montaña a cada lado de la mano.

— Puedo hacerlo, lo lograré. Se dijo.

No sabía realmente como era la mejor manera de nado para llegar, pero se mantenía todo el tiempo diciéndose a sí mismo que lo lograría.

— Me estoy acercando, lo tengo, puedo hacerlo. 

Nadaba un buen rato croll y después daba la vuelta para nadar boca arriba. 

La luna estaba en pleno crecimiento, apenas se veía una pequeña uña de luna que le sirvió como orientación. Uniendo los dos vértices creaba una línea imaginaría que apuntaba a su destino. 

Esta idea y el uso de las estrellas le fue muy útil mientras nadaba boca arriba.

El instinto de supervivencia era mayor que el cansancio acumulado de aquellas treinta horas sin apenas dormir y era lo que lo mantenía vivo.

Poco después sintió un mordisco en la pierna. Es cuando entró en su segunda fase de pánico.

— El mayor de mis miedos en ese momento fue pensar que era un tiburón

Después descubría que el lugar que cayó era llamado 'Shark Point' (la zona tiburón) un lugar infestado de tiburones, muy frecuentado por pescadores interesados en estos escualos.

— Grité, patalee e incluso pegué puñetazos al agua del miedo que tenía con la intención de asustar al animal.

Cesó la lucha, ya que el cansancio no se lo permitía y siguió nadando.

Al instante lo que era un mordisco se convirtió en varios, pero fue cuando se dio cuenta que eran peces del tamaño de sus manos. No paraban de morderle todo el cuerpo y las piernas. Sus pies quedaron llenos de mordeduras y rasguños.

— Afortunadamente, no era un tiburón, esos malditos peces se quedaron conmigo, mordiéndome casi todo el camino a la orilla.

A estas alturas, en lo que John esperaba que Julieta se detuviera en una playa de arena, se convirtió en una verdadera tragedia. Julieta impactó sobre unas rocas entre Puerto Obaldía y Armila. La hermosa embarcación, con dieciocho años de edad recién cumplidos y los últimos tres años vividos con John, se partía en dos por la proa y durante aquella noche el oleaje la destrozaría aún más.

Este suceso estaba tan lejos de John como de sus horas para volver a verla.

John mientras tanto se centraba en sobrevivir. Extender de vez en cuando su mano para comprobar sus avances eran su motivación de vida. Tras varias comprobaciones, finalmente dejó de hacerlo y se concentró en nadar con las pocas energías que le quedaban 

Un buen rato más tarde, por fin, consiguió agarrarse a una roca. En ese momento supo que estaba a punto de lograrlo.

Quiso incorporarse, pero casi se resbala en el coral afilado, por lo que pensó que lo más inteligente sería recobrar energías allí aferrado a aquella roca antes realizar de realizar más esfuerzos.

Cuando se vio capaz hizo el esfuerzo de subirse a la roca y allí tendió su camisa en el coral afilado. Pese a ser la cama más incómoda que uno puede esperar y tener un ruido del golpe del mar contra las rocas, cayó desfallecido y, en poco menos de diez segundo entró en sueño profundo.

El peso de su cuerpo clavándose contra el coral terminaba siendo muy doloroso, por lo que se despertaba cada poco tiempo.

John era consciente de que había sobrevivido, pero no de que había recorrido nadando en alta mar diecisiete kilómetros, nueve millas náuticas e invertido unas diez horas. Sin apenas experiencia en natación, había recorrido más de la distancia del estrecho de Gibraltar, la separación entre Marruecos y España, lo que separa Europa de África.

— Los primeros rayos del sol me dieron la energía para hacerme con una rama de árbol y fabricar una bandera con la que alertar a las primeras embarcaciones.

Pues John no había llegado a un pueblo, sino a Cabo Tiburón, una formación de rocas que no le daban acceso por tierra a nada, ni escalando sería posible.

Conforme la luz le permitió se puso manos a la obra para tratar de llamar la atención de alguna embarcación. El primer bote no le escuchó, el segundo viró algo su rumbo para observarlo, pero luego siguió. Y la tercera embarcación sí que se acercó a ayudarle. No sin antes pedirle algo de dinero a lo que Deer respondió que no le quedaba nada en su vida.

Este bote lo desembarcó a lo que en un principio era su destino, Puerto Obaldía.

La policía en un principuo no creía lo sucedido y menos que hubiera sobrevivido al area de Shark Point. Ante ellos había un hombre que afirmaba haber caído de su bote la tarde ayer, nadado durante toda la noche sin chaleco salvavidas en una zona de tiburones y descansado en un coral.

Cuando conocí a John vestía la misma camiseta y pantalón con los que había caído y alguien le habría prestado las chanclas. Portaba un teléfono smartphone que le habían alquilado cruelmente a cinco dólares el día y con él que había podido comunicarse con su familia, quienes le estaban ayudando.

No había podido identificarse al no tener pasaporte. Su familia y amigos le estaban ayudando para gestionar los trámites con migración y la embajada australiana para conseguir la documentación temporal necesaria para regresar a su país.

John en ese momento no tenía ni para cubrir los gastos del hospedaje en Puerto Obaldía, la avioneta a ciudad de Panamá, ni los diez días de hospedaje allá para obtener la documentación

A lo largo de la tarde conseguimos una barca en el puerto que iba a Armila dónde se encontraban los restos del barco. Los Gunas desde el mismo instante que el barco apareció en su territorio se pusieron manos a la obra para sacarlo de las aguas, llevarlos a la playa de Armila y desmontarlo a hachazos. En poco tiempo lo desmantelaron y no quedaba nada de valor.

Grupo de Gunas que nos ayudó a cruzar a Armila para ver los restos del barco

Vimos el cascarón de fibra de vidrio por una parte, por otra la nevera sin cervezas, el puesto de mando donde iba el timón, un montón de cableado extraído del barco, el motor principal abierto y otras muchas secciones.

Motor principal Volvo del barco
Cableado del barco extraido por los Gunas.

Más tarde, tomando café con la familia Guna de Navas, la cual yo ya conocía, pudimos ver en el río dos cayucos que llevaban los dos pequeños motores de la embarcación, un Tohatsu de cinco caballos y un motor Honda de dos caballos y medio.

Pese a que John era consciente de que no quería nada de lo que se había salvado por no poder continuar con su viaje, ahí podía apreciarse la mala imagen que estaban dando los Gunas de apropiarse de lo que no era suyo. Además de solo acercarse a él para preguntarle qué cosas había y que valían. Fue un tanto decepcionante esa actitud, algo que me alejaba aún más de la cultura Guna.

Cascarón del barco en la playa de Armila. A la izquierda el fragmento de la amura de estribor con piezas de la barbacoa y la derecha al fondo la parte de babor del cascarón del barco.

Lo único positivo de su acción era que en poco tiempo no habría rastro del barco, cosa que para John sería beneficioso por la posible multa de ciento de miles de dólares que podría recibir por abandonar un barco hundido.

John se alegraba de que por lo menos las cosas que habían sobrevivido al accidente tuvieran otra segunda vida.

— Las cosas son reemplazables, la vida no. Se decía a sí mismo John

A medida que consumíamos el café listaba mentalmente lo perdido, dos ordenadores portátiles con los que trabajaba online, su teléfono, dos cientos dólares en efectivo, ...

Para sorpresa de John, se volvería a repetir el suceso. Eran las cinco de la tarde y quedaba una hora exacta de luz. Los Guna que nos habían traído nos habían ofrecido quedarnos a dormir y llevarnos a la mañana siguiente, pero John después del café se sintió cansado y decidido a regresar siguiendo mi propuesta de volver caminando por la selva.

Le avisé que no sería fácil y menos aún con las chanclas simples de sujeción entre los dedos. Lo vi tan convencido y seguro que no dije ni una palabra más. Le pedí a la familia de Navas una linterna y marchamos.

La ruta anteriormente la había realizado en cuarenta minutos, pero justo cuando estábamos entrando en la selva oscureció completamente. Enseguida, John se percató de la dificultad del camino y se quitó las chanclas. Exactamente con la misma vestimenta y carente de calzado, como se había enfrentado a la mar, la situación volvía a repetirse. 

Pasó de estar conversador a no hablar nada. Nunca estuvo negativo, más sí sorprendido de la dificultad del trayecto. Creyó que al ser su guía un blanquito europeo, la ruta sería sencilla, lo que no sabía es que yo ya la había hecho en mas ocasiones y que era necesario estar en buena forma.

—Cuando me dijiste de regresar andando pensé que sería un camino, no pensé que sería una selva. Si lo hubiera sabido, no te habría dicho de regresar hoy y menos en plena oscuridad. Decía sin detenerse.

Lo que iba a ser una ruta de cuarenta minutos tardó siendo de dos horas. Una sola linterna para dos personas en una selva oscura y muy húmeda no era suficiente. 

Cada uno de nosotros teníamos nuestras propias preocupaciones, John con el suelo tan irregular, fangoso, deslizante y afilado; y yo con las serpientes venenosas y ruidos de felinos.

Aunque con tiempo, pequeños pasos y compartiendo la luz de la linterna, salimos con éxito y vimos las luces del pequeño pueblo de Puerto Obaldía.

Ambos agradecimos la experiencia al final, yo conocer la vivencia que casi acaba con la vida de John en el mar y este que le compartiera la experiencia de caminar descalzo en una selva de noche.

—Te soy sincero, lo de atravesar esa selva contigo esta noche ha sido más duro que nadar los diecisiete kilómetros.

John me transmitía esto con una cara muy sería mientras cenábamos, yo no podía parar de reír.

La cena entre un casi treintañero cicloturista con tres años a la espalda de experiencia viajera y un ex marinero que surcó el atlántico en solitario con vivencias náutica de tres años, sinceramente, fue algo muy especial.

— John, ¿Te preocupó alguna vez tu futuro?

— Si, como a todos, pero he aprendido con los años que lo único que existe seguro es nuestro presente.

— Si, pero, ¿no te preocupa esta situación de no tener nada cuando seas más mayor? Imagina tener un problema de salud y necesitar cincuenta mil euros.

— Estos años he aprendido algo. Fue a partir de gastar los cien mil dólares. Y fue que lo que necesitara lo conseguía. La diferencia es cuando uno se sienta, cuando dice, no hago nada por conseguir eso que necesito y me dedico a quejarme, a maldecir.

Pese a no compartir la opinión de John en su totalidad por mis dudas hacia el futuro, mi experiencia me permitía entenderlo. Es curioso que la preocupación por tu futuro desaparece a medida que más viajas como si no fueras a vivirlo.

Entiendo lo que quería decir, ya que el año pasado tenía menos de cincuenta euros en Portugal, la rodilla no me dejaba caminar por una lesión y pude arrastrarme con la otra pierna hasta un pequeño pueblo. Una encantadora mujer me dio un techo, trabajo, y otra persona psicoterapeuta me devolvió el caminar. Gracias a ese trabajo me costeé el viaje que me llevó a Colombia, pero con tanto gasto gestioné mal mi dinero y me tocó vivir con diez euros siete días. Aunque gracias al destino tuve suerte, tenía una familia en Medellín que me ayudó con un techo y con el ordenador, en pocos meses pude volver a desarrollarme como persona.

John sentado en el asiento de babor que más frecuentaba

Si bien pienso que la vida está para vivir este tipo de aventuras, es importante no olvidar el regresar con los tuyos y transmitir con pasión todo lo que has aprendido. Y así hizo John, quien se dispuso a dar la vuelta al mundo en velero, hoy con innumerables vivencias, dos prendas de ropa y unas chanclas prestadas, regresa con los suyos.

Siente haber perdido todo lo que tenía en su vida, pero no ha dejado de sonreír. Está vivo después de un espantoso baño de diez horas y se le percibe muy animado. La gente creía que su vida era asombrosa, pero a él le parecía mundana. Esta es la primera en su vida que tiene una historia impresionante que contar.

Sus amigos han creado una campaña de Gofundme para ayudarle con su regreso a Australia.

Pese a que fue terrible ver los restos de lo que era su casa, hundidos en el fondo de mar, se siente muy afortunado de estar con vida. Su madre está muy feliz de que esté vivo y más aún de que su hijo, que nunca sabía cuando volvería, regresará muy pronto.

Detrás de John, el lugar donde su barco impactó. A la izquierda puede apreciarse una pieza del barco.

No descarta volver a navegar, pues jamás algo le ha hecho tan feliz como el agua y la exploración del mundo.

— Necesito volver a casa y conseguir una pizarra blanca para innovar de nuevo, me decía. 

Hasta aquí la historia de John Deer, el primer australiano inmigrante indocumentado que perdió setenta y dos latas de cerveza en aguas panameñas.

Si te quedaste con ganas de más, aquí tienes el programa que le grabó 60 minutes Australia tras regresar a su país

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