¿Se puede cruzar el TAPÓN DEL DARIÉN en bicicleta?

Te cuento todo lo que tuve que vivir para cruzar de Colombia a Panamá con una bicicleta, por la costa Atlántica y el territorio Kuna Yala
Mi compañera Zuhlá en lancha para cruzar de Capurganá a Puerto Obaldía
EDUARDO PASTOR
Eduardo · MrBivak 
|
3 agosto, 2022
12h de trabajo10500Km 🚴🏼‍♂️26meses viajando

Todo viajero que se propone recorrer centro América andando, en bicicleta o en cualquier otro medio, se ha enfrentado alguna vez a la misma encrucijada. A medida que uno se acerca a la frontera colombo panameña, la aventura para unos se complica y para otros se vuelve una experiencia irrepetible. Pues esta etapa del viaje le cambia a uno todo lo que puede tener previamente planificado, y eso es lo que hace hermoso el trayecto.

Esto se debe al Tapón del Darién, una selva densa de cinco kilómetros cuadrados que impide todo acceso terrestre entre Panamá y Colombia. En mi caso, por un instante me sentí bloqueado y presionado por la opinión de muchas personas que me recomendaban optar por coger un avión desde Cartagena de Indias o Medellín y saltar toda esta área hacia Ciudad de Panamá. Esto no era tan fácil, pues no quería de ningún modo volver a pasar por la experiencia tan poco agradable que es empacar la bicicleta y los cuarenta kilos de material que llevo conmigo. Además de que tenía unas ganas de explorar y vivir incertidumbres como nunca.

Dentro de las opciones, el avión estaba totalmente descartado. Cruzar por mar era mi única opción, por lo que me puse a investigar y no tardé en encontrar información de otros viajeros que hablaban de cobro de impuestos por parte de los indígenas, varios traslados cortos en lanchas muy costosos y poco cuidado con las bicicletas que causaban la rotura del sistema de cambios. Esto a cualquier le hubieran quitado la idea de adentrarse en esta ruta. Había que ser consciente que sí por algún motivo no se conseguía, habría que deshacerlo de la misma manera, con el coste que supondría. No habría nadie que viniera en helicóptero a sacarme del embrollo.

¿Y qué hice? Seguí con la idea de cruzar el tapón del Darién por mar a toda costa. Me situé en Necoclí, el punto más al norte del Golfo de Urabá, desde donde pasé la noche con familias inmigrantes venezolanas. Sufrimos una lluvia torrencial que inundó todas las carpas y a la mañana tomé la única lancha legal que existe por setenta y cinco mil pesos colombianos, unos diecisiete dólares. Con ella recorrería la distancia de aproximadamente diez kilómetros hacia Capurganá.

Ya en Capurganá, el último punto del territorio colombiano, era necesario conseguir otra lancha para cruzar a aguas panameñas. Pero este cruce no sería fácil, pues había que lidiar con dificultades burocráticas y el elevado precio de los motoristas, lancheros, que aprovechaban este cruce de países para proponer precios desorbitados a los pocos locos aventureros.

Capurganá es un pueblo costero sin acceso terrestre, donde se gestionan durante el día las salidas y entradas legales a ambos países y el cruce fronterizo de más de doscientos inmigrantes ilegales cada noche. Un pueblo oscuro que se despide de la luz eléctrica a las siete de la tarde y que me recibió durante siete noches acampando bajo las estrellas.

Me brindó mensajeros que me recomendaban acampar más apartado del puerto, no escuchar ni ver nada, o cómo dicen en Colombia, 'comer callado'. Además de ser estos mismos los que me garantizaban seguridad, porque quien toca al turista no lo cuenta.

Durante estos siete días me dediqué a preguntar todas las dudas para mi salida de Colombia, gestionar el giro de dinero de una tía colombiana que me hizo llegar desde Medellín y conocer historias de inmigrantes con lo que conviví las veinticuatro horas.

Por mi experiencia recomiendo sacar dinero de un cajero incluso antes de llegar a Necoclí y cambiar a dólares en Capurganá. No busquen una casa de cambio, pues no hay, Esperanza te atenderá en el portal de su casa con una riñonera llena hasta arriba de dólares.

Para los colombianos no es tan complicado, pues no hay cajero, pero sí una pequeña casa con convenio con Bancolombia y una oficina de giros rápidos que fue la opción por la que yo opté. Para el turista bien rezagado y sin familia en Colombia, no queda más que pagar con tarjeta y perder un doce por ciento de comisión en el hostal Capurganá.

Mis siete días en Capurganá dieron mucho para conocer discretamente sobre la inmigración, además de hacer amistades con motoristas y tratar de conseguir un buen precio para el pasaje. Pues el siguiente objetivo era Puerto Obaldía, otro pueblo costero sin acceso terrestre, ya en territorio panameño.

Consistía en un viaje en lancha de doce kilómetros. El día que llegué a Capurganá las ofertas de los motoristas eran de setenta y cinco mil dólares. Con el paso del tiempo, lo conseguí por once.

Esta ruta que llevaba era quizás la mejor definición de lo que es vivir viajando, sin prisa, sin fecha de regreso, llamando casa al presente y hogar al entorno que te brinda refugio. Y qué mejor hogar, Puerto Obaldía, donde nunca estuvo en mis planes quedar más de un día y terminé habitando por dos meses.

Los primeros veinte días viví acampado el jardín de Omaica junto a su casa y su pequeño negocio, donde servía comida a los pilotos de las avionetas y los turistas. Pues los pocos turistas con prisas que llegan hasta aquí, toman una avioneta por ciento treinta dólares hasta Ciudad de Panamá. Estos se pierden la experiencia de conocer la cultura Guna Yala y sus trescientas sesenta islas.

Conforme uno se sitúa en territorio Panameño, toda la costa sur atlántica pertenece a los Kuna, una etnia indígena que viven siendo panameños pero bajo su propio gobierno. El único pueblo gobernado por Panamá es Puerto Obaldía y habitado muchos latinos de origen Colombiano.

Y como a mí me podía la sed de aventura, me prometí que tardase lo que tardase, me embarcaría en un barco para conocer toda esta región. Mientras tanto, pasaba los días durmiendo en el jardín de Omaica, convivía con el pueblo latino y trabajaba conectado a internet en casa de Rubén "El Huevo". Quién suministraba internet a todo el pueblo, con un sistema de telecomunicaciones con antenas situadas en la selva. Además de pasar las noches con "El niño" el novio de Omaica, y sus tres hijos, Yaris, Titín y Ángel.

Con el tiempo, el pueblo bromeando me bautizó como "el marido de Omaica". Los lugareños dejaron de preguntar cuándo marcharía y empezamos a conocernos mejor. Fue en ese instante cuando buscando pan conocí a quien sería mi mejor amigo en Puerto Obaldía, Chander.

Este fue un auténtico y verdadero anfitrión. Me llevó a conocer varios lugares en la selva y la costa, a visitar mi primera comunidad Kuna, navegar en cayuco por el río en busca del cocodrilo babilla y otras experiencias geniales que solo se obtienen si vas con la idea de vivir los lugares y no de tener una larga lista de sitios visitados. Porque la esencia de las cosas, de los sitios, están en dedicarles tiempo para conocerlos, como las personas.

Este cruce del tapón del Darién por la costa Atlántica no era fácil, no era para quien tiene prisa, pero sí sería una experiencia inolvidable. Hasta Puerto Obaldía podría decirse que la aventura no estaba más que por comenzar, era hora de ver cómo cruzar los doscientos kilómetros de territorio Guna Yala, sin carretera alguna.

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